jueves, 18 de mayo de 2017

Tratado del espacio exterior


Puedes explorar e investigar los cuerpos celestes, pero nada de colonizarlos.  

 Que en realidad se llama Tratado sobre el espacio ultraterrestre, pero la otra forma es más de mi gusto y así será escrito de aquí en adelante. Aquí un enlace con el texto íntegro del Tratado, (http://www.unoosa.org/pdf/publications/STSPACE11S.pdf).
 Este tratado fue firmado y aprobado en 1967 y en el transcurso de los años se firmaron otro puñado de convenciones en el trascurso de los veinte años siguientes. En el Tratado del espacio exterior fue proyectado como un marco legal para evitar la existencia de armas de destrucción masiva en el espacio exterior y cualquier cuerpo celeste y la apropiación de los recursos espaciales por cualquier organización gubernamental, no gubernamental o privada.
Esto es de lo que trata precisamente los artículos 2, 4 y 8 del Tratado y los artículos 11 y 12 del Acuerdo que debe regir las actividades de los Estados en la Luna y otros cuerpos celestes (en el enlace anterior también está). Los demás artículos del Tratado se refieren a la cooperación mutua de los Estados en pro de toda la humanidad.

No es casualidad que todas estas convenciones son de la Guerra Fría y sobre las Naciones Unidas recaía la responsabilidad de dirimir las posibles diferencias entre los Estados Unidos y la Unión Soviética respecto a los usos legítimos del espacio exterior. Lo demás son obviedades y florituras biensonantes. Es muy llamativo la importancia que atribuyen al Secretario General de las Naciones Unidas en el Tratado, cuando su rol ya en aquel entonces, no digamos ahora, no es más que el de mediador y árbitro en los conflictos internacionales de cualquier tipo, no necesariamente bélicos.

Pero bien es sabido que las leyes están hechas para romperlas y está no es la excepción. El Tratado permite la presencia de instalaciones civiles en los cuerpos celestes con fines pacíficos y prohíbe instalaciones militares. Hasta ahí bien. Sin embargo, dentro de tales instalaciones civiles sí se permiten unidades militares si su misión es pacífica.
En otras palabras, la ley permite que el lobo se disfrace de oveja y que pueda hartarse de ovejas hasta que se demuestre lo contrario.

En este caso, escribo sobre las regulaciones del espacio exterior, pero es extensible a otros ámbitos humanos; no es casualidad que muchas misiones científicas están financiadas por el famoso complejo industrial-militar, pero son llevadas a cabo con una discreción tal que a nadie le quedaría duda sobre la benevolencia de sus objetivos. 

El Tratado prohíbe la apropiación del espacio y los cuerpos celestes, pero permite que, sobre las instalaciones civiles en el espacio se aplique la jurisdicción del país que la patrocine. Esto es, que las leyes de los Estados Unidos son aplicables en las instalaciones de la NASA y, de esa manera, esa instalación se convierte en un pedacito de suelo norteamericano en el espacio.
Y eso no es nada nuevo, ya en el siglo XVIII y XIX, los buques de guerra ingleses en ultramar estaban sometidos a la jurisdicción del Imperio Británico, sin importar que la embarcación estuviera anclado en algún puerto extranjero. Este principio es también aplicable a las embajadas. Lo que impide el Tratado es la apropiación permanente de los cuerpos celestes, solo porque algún país envió a una cohorte de científicos y militares con fines pacíficos; así, se ve limitado significativamente el colonialismo espacial permitiendo a la vez la jurisdicción temporal mientras la misión se lleve a cabo. Claro está que esto se puede sortear enviando otras misiones civiles que tomen el relevo. La fachada se inventa por el camino, minería espacial, geología, investigaciones de astrofísica o lo que sea, lo importante es que esta sea tan sólida que sea fácil de encubrir sus propósitos reales.
Estas armas solo dan golpecitos en la superficie terrestre, pero no estallan como los misiles nucleares.

No hay armas de destrucción masiva en el espacio porque el Tratado lo prohíbe, pero del texto se deduce implícitamente que si tales armas no pertenecen a esta categoría sí pueden orbitar la Tierra.

Uno de las armas más comunes en el espacio son los misiles cinéticos; estos son grandes masas que se lanzan desde el espacio con una energía tal que, pese a perder energía durante su caída libre, impactan objetivos con una intensidad semejante a un bombardeo de profundidad que, además, no pueden ser detectados por escudos antimisiles. La capacidad de destrucción de un proyectil depende principalmente de la transferencia de momentum durante el impacto y este es directamente proporcional a su velocidad (p = m ∙ v), por esta razón es que es posible destruir con objetos propulsados a altas velocidades. En la literatura de ciencia ficción, se ha hablado incluso de los hipotéticos misiles cinéticos relativistas, que son capaces de transferir aún mayor cantidad de momentum porque la masa aumenta conforme su velocidad se acerca a la de la luz. 

Su potencial utilidad como método de bombardeo táctico se ve limitado por el costo de fabricación de tales armas, no solo porque requiere de una lanzadera sino por la extracción del tungsteno, el cual es uno de los pocos elementos que, debido a su elevadísimo punto de fusión, no se fundiría al atravesar las capas de la atmósfera ni se vería afectado por la resistencia que ejerce el medio a su movimiento a altas velocidades. Actualmente existen municiones antitanque que se componen de tungsteno por la misma razón.

Una imagen que me entregó un viajero del tiempo, donde se ve cómo escoñetan a los alemanes en la IV Guerra Mundial con misiles cinéticos relativistas porque en su universo fueron blanditos con los chinos, rusos y los terroristas islámicos.
En 2007, los chinos destruyeron uno de sus satélites con un arma cinética de su invención, de hecho, China es uno de los mayores productores de tungsteno en el mundo. El interés por un programa espacial no es solo por tener una oportunidad de apropiarse de recursos en el espacio a futuro, sino para garantizar su defensa sin misiles nucleares, que de paso, no son infalibles. (Enlace: China’s space challenge to the US: http://news.bbc.co.uk/2/hi/asia-pacific/6290525.stm). En Estados Unidos, se investiga la posibilidad de enviar al espacio versiones gigantes del cañón Gauss (coilgun) o del cañón de riel (railgun), porque estos son armas cinéticas, en donde la fuerza del lanzamiento proviene de la energía electromagnética que propulsa el proyectil y le da una altísima velocidad inicial.

Quien piense en un futuro de paz está bien equivocado, pues el espacio está o puede estar lleno de infinidad de armas que apuntan a la Tierra, similar a esas películas de disparos, donde varios tipos malos y otros más malos todavía se apuntan unos a los otros porque cada quien tiene intereses individuales y, justo ese estado de amenaza hace que ninguno se dispare hasta llegar un acuerdo. Esta idea es precisamente la de la destrucción mutua asegurada, el toma y daca de las naciones y nada más sino eso. Este es un tema profundo, pero el espacio no está exento de las querellas entre naciones por el mero hecho de cada nación está poblada por millones de individuos que luchan por su supervivencia y perpetuidad de su linaje y tradiciones y, para esto, es necesario adquirir cantidades ingentes de recursos y defenderse de los vecinos y no tan vecinos, por cualquier método al alcance, y esto es lo que garantiza la supervivencia de los pueblos mayoritarios en el mundo.  


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